Este texto recoge el resumen de la exposición que preparamos en noviembre de 2014 con motivo de las jornadas «Compartiendo equipaje» dedicadas a la protección a la infancia. Nuestro objetivo fue volver la mirada hacia los profesionales que nos dedicamos a este campo, tratar de entender los riesgos a los que nos sometemos y ofrecer alternativas para abordar nuestro trabajo con mayor satisfacción.

Un técnico de protección infantil (ya sea un/a psicólogo/a, un/a trabajado/a social o un/a educador/a social) trabaja en su cotidianidad con el contagioso sufrimiento de los más pequeños y de sus familias. Apoyadas en expertos como Spinoza, Morales, Santana o Barudy,  tratamos de poner nombre a esas dificultades y también a las fortalezas con las que contamos los profesionales, para convertirlas en herramientas útiles en el desempeño de esta ardua labor.

Desde un punto de vista ecológico, la supervivencia de la especie es una tarea colectiva, y en ella estos profesionales jugamos un papel fundamental. Dentro de la comunidad, hemos sido designados para cumplir una misión específica: proteger la vida de los más pequeños. Así lo explica Barudy:

«…» el recurso fundamental para el éxito de cualquier Programa de Protección Infantil son los profesionales. Sin su compromiso personal sería imposible desarrollar cualquier actividad que mejorase las condiciones de vida de los niños. (Barudy, J.: 2001)

Este compromiso implica que el profesional ha de identificarse empáticamente con los niños y niñas, tener una responsabilidad ética hacia quienes necesitan ayuda, y cumplir con la obligación moral de actuar para mejorar su situación.

INDICADORES DE RIESGO

Este compromiso personal con el sufrimiento infantil provoca una inevitable serie de consecuencias en nuestros propios sentimientos. A continuación vamos a enumerar algunos de los riesgos a los que estamos expuestos quienes trabajamos con personas en situaciones de conflicto familiar y que los expertos han descrito así:

  1. Traumatización vicaria. Es un padecimiento frecuente en personas cuya labor es ayudar a quienes han vivido experiencias de intenso sufrimiento. Cuando entramos en contacto con las personas que sufren, empatizamos con ellas y nos contagiamos de su dolor, experimentando emociones semejantes a la vivencia del otro.
  2. Contaminación temática. Este concepto hace referencia a la violencia y el maltrato como elementos tóxicos que nos van dañando progresiva y silenciosamente como profesionales y también a nuestros equipos. Decimos silenciosamente porque la hostilidad es un fenómeno tabú que la sociedad tiende a ocultar, negar o justificar.
  3. Síndrome de tensión y agotamiento profesional o Burnout. Fue el psiquiatra Freudenberger quien lo definió por primera vez en los años 70 como: «Experiencia de agotamiento, decepción, pérdida de interés por la actividad laboral, una actitud fría y despersonalizada en la relación con los demás, que surge en los profesionales que trabajan en contacto con personas en la prestación de servicios, como consecuencia del ejercicio diario del trabajo».

Este autor enfatiza que no es un agotamiento por exceso de trabajo —que se puede solucionar con un descanso o unas vacaciones—, sino una especie de «erosión del espíritu» que implica la pérdida de fe en la empresa de ayudar a otros y la falta de motivación para ello. El carisma y el compromiso social van siendo reemplazados por el agotamiento, la fatiga y otras enfermedades psicosomáticas.

Este síndrome sólo es aplicable a trabajadores de servicios de ayuda, y se asocia a la implicación excesiva del profesional, lo que aumenta las posibilidades del sentimiento de fracaso, el deterioro de la salud mental y el deseo de abandonar el trabajo, entre otras.

  1. Traumatización de los equipos profesionales. 11Es una consecuencia de estos factores de riesgo, y consiste en reproducir en los equipos de trabajo las mismas dinámicas del circuito de la violencia: algunos trabajadores son percibidos por los demás como abusadores, y casi todos se perciben a sí mismos como víctimas, de manera que los equipos se disocian y, como por efecto dominó, se forman coaliciones y triangulaciones. Y entran en juego las emociones: sensación de abuso, miedo, conflicto de lealtades, etc. Los miembros de los equipos más traumatizados se aíslan entre ellos y tienen dificultad para afrontar los conflictos, ocasionando sufrimiento a sus componentes.

Todos estos riesgos a los que nos enfrentamos requerirían de una cobertura que actualmente es deficitaria. Por una parte, la OMS calificó en el año 2001 el Burnout como un factor de riesgo profesional. Por otra, la actual Ley de prevención de Riesgos Laborales, vigente desde el año 1995, incorpora la necesidad de diagnosticar y prevenir los riesgos psicosociales, donde el estrés laboral y el síndrome de Burnout ocupan un lugar destacado. A pesar de estas excepciones, ninguna norma, ni comunitaria ni española, regula la prevención de este síndrome. Tampoco en el Plan de Familia e Infancia de la Ciudad de Madrid 2010-2013, ni en el Plan Nacional de Infancia y Adolescencia 2013-2016 consta ningún apartado que se dedique al autocuidado y la protección del profesional que interviene con la familia, la infancia y la adolescencia.

Los que trabajamos para la protección infantil nos encontramos inevitablemente en una encrucijada de dobles mensajes: debemos promover la ayuda para las familias que maltratan, y al mismo tiempo ejercer control social sobre ellas.

En definitiva, cuando trabajamos con experiencias de agresión, violencia y amenaza, es fundamental poner en marcha estrategias protectoras individuales, de equipo o institucionales para quienes nos dedicamos a este medio; si esto no lo hacemos, es posible que  el trabajo deje heridas que pongan en riesgo nuestro compromiso profesional.

INDICADORES DE PROTECCIÓN

Son diferentes las estrategias individuales, de equipo o institucionales que pueden ser desplegadas para promover la protección de los profesionales:

  1. Cuidado individual o autocuidado

Uno de los grupos de estrategias es el que se denomina de «cuidado individual o autocuidado» y consta de varios aspectos. El distanciamiento emocional nos ayudaría a evitar que nos desbordemos ante la angustia de las personas con las que trabajamos. La intelectualización nos permite encontrar «explicaciones» a la naturaleza del problema y en consecuencia reducir la carga emocional. Por otro lado, la verbalización emocional es una herramienta básica, por su capacidad expresiva para reducir los sentimientos negativos que solemos hacer nuestros. Reconocer y aceptar el malestar físico y psicológico es un punto de partida básico para aprender a convivir con él y aligerar sus efectos, tanto en lo personal como en lo profesional. Por último, deberemos establecer límites claros entre el trabajo y la vida personal, así como tratar de evitar la contaminación de nuestras redes personales con cuestiones laborales. Todas ellas son estrategias de autocuidado que intervienen claramente en nuestro bienestar como profesionales.

  1. El cuidado en el equipo

El «mutuo cuidado» comienza con la confianza entre los miembros de un equipo. Donde no hay confianza tendemos a ocultar mutuamente nuestras debilidades y errores, nos resistimos a pedir ayuda y a ofrecerla, ocultamos los resentimientos y evitamos momentos de encuentro.

Para que aumente la confianza entre los compañeros es necesario afrontar el conflicto, puesto que de lo contrario se crea un ambiente propicio para la lucha de poder y los ataques personales. Se ignoran los asuntos polémicos importantes para el éxito del equipo y no interesan las opiniones individuales.

Cuando existe confianza entre los compañeros y somos capaces de afrontar los conflictos, aumenta el grado de compromiso. Un equipo comprometido mantiene objetivos comunes, una responsabilidad compartida y un sentimiento de respaldo entre unos y otros, lo que repercute en la eficacia y en el cumplimiento de los objetivos clave.

Para potenciar el cuidado de los equipos, es necesario habilitar espacios ritualizados o lugares de encuentro. Existen tres tipos:

Los de conversación libre, es decir, los encuentros comunes informales, tales como los desayunos en grupo, la celebración de cumpleaños, etc.

Los espacios de intervisión o reuniones técnicas. En estos espacios, además de analizar los casos y compartir informaciones varias, es preciso incorporar momentos de vaciamiento grupal.

Y los espacios de supervisión, que no solo deben incluir la supervisión de casos, sino la supervisión individual y de grupo para mejorar su funcionamiento.

  1. El cuidado desde la institución

Por último, existe otro grupo de estrategias que la institución debe promover y también proponer, con el fin de potenciar el cuidado de sus profesionales.

Por un lado, es fundamental regular institucionalmente el trabajo en red.  La intervención con los menores y sus familias se debe abordar de manera conjunta y coordinada desde los diferentes ámbitos de actuación. Debe partir de objetivos comunes, distribuyendo las funciones acorde a los diferentes perfiles profesionales y con tareas claramente marcadas, pero siempre consensuadas.

Por otro lado, es importante que los profesionales accedamos a una formación especializada que nos aporte destrezas instrumentales adecuadas a los intereses individuales.

Por último, la institución debe proporcionarnos de manera sistemática espacios estructurados donde «vaciar» los contenidos más contaminantes emocionalmente, como encuentros técnicos, jornadas internas, etc.

Los profesionales de este ámbito somos personas cargadas de emoción y sufrimiento, y estamos comprometidos con las personas con las que trabajamos. Por esta razón, necesitamos el soporte adecuado para desempeñar nuestra labor. Como afirma Barudy: «…» cualquier programa que se declare coherente y adecuado en relación con la protección infantil debe tener en su interior un dispositivo para despertar, promover, mantener y proteger nuestro compromiso como profesionales. (Barudy, 2001).

En definitiva, con este artículo queremos reflexionar sobre la realidad de nuestro trabajo profesional, poner de manifiesto las necesidades que tenemos y, lo más importante, motivar a los responsables de los programas, a los equipos y a los compañeros para empujar juntos hacia lo que nos une: el mejor funcionamiento del sistema de protección a la infancia.

Desirée Porcel  (Psicóloga. N. Col. M-22378)

Mónica Redondo (Trabajadora Social. N. Col. 2433)