Cada 3 de diciembre celebramos el Día Internacional de las Personas con Discapacidad y nos encontramos, una vez más, repitiendo las mismas palabras: inclusión, igualdad, sensibilización.

Las personas con discapacidad intelectual y las entidades del sector que las apoyan parecemos vivir en una constante obligación de exponernos: mostrar la vida, contar la historia, sensibilizar, visibilizar, reivindicar, demostrar, justificar… Una sobreexposición convertida en herramienta pedagógica que nace habitualmente de la necesidad, no de la elección, con la finalidad de concienciar.

Algo falla cuando seguimos reclamando derechos que ya están reconocidos, se solicitan apoyos que ya deberían existir y se pide inclusión en entornos supuestamente inclusivos. Todo esto nos lleva a reflexionar sobre una realidad algo menos cómoda. Si son necesarias tantas campañas y tantas noticias para concienciar, quizá la inclusión real no ha llegado.

En una sociedad inclusiva no debería existir la necesidad de justificar el derecho a estar, a participar, a formar parte. La inclusión y la igualdad no deberían exigirse: deberían simplemente existir y estar listas para vivirse, independientemente de la condición de cada uno.

Quizá el problema esté en la propia palabra inclusión, ya que conlleva que otro te deje entrar. En cambio, convivir implica coexistir en armonía, sin necesidad de justificar la presencia, sin necesidad de concienciar o exponer la intimidad para sensibilizar, disfrutando de lo evidente en igualdad de condiciones, siendo invisible, aceptando la diferencia.

Persona con diversidad funcional, capacidades diferentes… pseudónimos bonitos para evitar la palabra discapacidad. ¿Por qué lo hacemos? Nos esforzamos en utilizar términos difusos que, en ocasiones, parecen insinuar que hubiera algo malo que esconder.

El término persona con discapacidad intelectual no define a la persona, simplemente define sus necesidades de apoyo y garantiza el acceso a los mismos por derecho. No implica excluir: implica reconocer. Aceptarlo con naturalidad favorecerá una mirada sin prejuicios.

Reivindicar el derecho a la inclusión y a convivir en armonía no significa ocultar la discapacidad, sino tener la libertad de no explicar la diferencia para ser aceptado, porque la verdadera igualdad implica el derecho a ser invisible.

Fotografía : Ignacio Solla