Este verano en España los incendios no han sido solo incendios: se han convertido en presencias que se instalaron en nuestras casas, aunque estuviéramos a cientos de kilómetros de las llamas. Bastaba abrir la ventana para que el aire trajera un rumor extraño, ese olor agrio a madera vencida, a resina convertida en ceniza, como si un bosque hubiera decidido mudarse a nuestra garganta. Y allí, en medio del desayuno, entre el café y el telediario, descubrimos que el fuego no quema solo pinos, sino también la manera en que respiramos el mundo.
Porque uno cree que el incendio se queda en el monte, en la colina que arde en imágenes nocturnas, rojas y naranjas, que los noticiarios repiten como quien repite un mal sueño. Pero luego la ceniza cae sobre los coches en la ciudad, las alergias, los problemas respiratorios aparecen casi sin darnos cuenta, el calor se vuelve más denso y hasta el agua del grifo sabe a distancia, golpeando sin remedio en el rostro urbanita del que cree que todo lo lejano le es ajeno.
Los incendios – los de este verano, que han arrasado miles de hectáreas en muchas zonas de España – son también incendios de lo cotidiano: nos obligan a cerrar persianas en plena mañana, a hablar, sin darnos cuenta, en voz baja por la impresión, a mirar con desconfianza esa nube gris que no figura en los partes meteorológicos.
Y de pronto comprendemos que el tiempo ya no es el mismo. Que cuando alguien dice “el próximo verano iremos al campo”, otra voz respondía “si queda campo”.
El incendio, los incendios, se instalan en la conversación, se mete entre las frases como el humo que no se disipa. En las plazas, en la terraza del bar, alguien habla de calor insoportable por la enésima ola, otro de la falta de mantenimiento de los bosques, y alguien más de aviones que tardaron demasiado en llegar. La vida se nos va llenando de palabras que antes eran excepcionales: “desalojo”, “alerta”, “emergencia”.
El fuego nos mira como nosotros le miremos, como nosotros le tratemos, a él y a su entorno, mostrando la responsabilidad y la reciprocidad en este desastre. Nosotros lo llamamos catástrofe; él podría llamarlo respuesta, aunque sea una respuesta feroz, de esas que no admiten réplica. Y, sin embargo, detrás de la devastación, el incendio nos propone una extraña intimidad: la de reconocernos vulnerables.
Es cierto, las cifras son duras: hectáreas calcinadas, especies desaparecidas, pueblos evacuados, agricultores que lo pierden todo. Pero hay otra cifra secreta que nunca se cuenta: las horas en las que nos quedamos pensando, con el móvil en la mano, en qué haríamos si nos tocara a nosotros. ¿Qué salvaríamos primero, qué dejaríamos atrás? El incendio también prende en nuestra imaginación, y esa combustión silenciosa nos cambia sin que lo notemos.
Ahora bien, no todo es resignación. Del mismo modo que las brasas pueden encender nuevos pensamientos, también en nosotros se abre una grieta de conciencia. Comprendemos que la rutina —ese café, ese paseo, esa sombra de los árboles en la siesta— es frágil, y que cuidarla implica también cuidar lo que está más allá de la ventana, de nuestra ventana, de nuestra inmediatez, esa que ahora todo lo domina, todo lo marca. Que el monte que arde en la televisión es, en realidad nuestra propia casa.
Al final del verano, cuando los noticiarios pasen a otra cosa y el humo se haya disipado, quedará un eco persistente. El incendio seguirá ahí, aunque no lo veamos: en el miedo al calor que viene, en el suspiro contenido cada vez que alguien huele humo en la calle. Y tal vez en esa eco – mezcla de amenaza y memoria – encontremos una razón para no seguir como si nada, para asumir que el fuego no es una excepción, sino una advertencia escrita en el aire de que también somos nuestro entorno y es nuestra responsabilidad su cuidado.
poeta
Gracias Juan, por poner tan certeras y evocadoras palabras a lo que muchos hemos vivido de cerca este verano.