«Estoy bien».
Durante mucho tiempo, esa fue mi respuesta.
No era una mentira exactamente. Pero tampoco era toda la verdad.
Era una frase pequeña y discreta. De esas que caben en cualquier conversación, que no interrumpen, que no preocupan demasiado. Una frase útil. Una especie de llave para cerrar una puerta antes de que alguien pudiera mirar dentro.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien.
Y seguía caminando.
A veces una cree que decir «estoy bien» es una manera de proteger a los demás. Como si contar lo que duele fuera cargar a alguien con un peso que no le corresponde. Como si pedir ayuda fuera ocupar demasiado espacio.
Pero hay momentos en los que el silencio también pesa. Y, si dura mucho tiempo, empieza a pesar más que las palabras.
Lo que no se decía
Durante una parte de mi vida atravesé procesos de salud mental que no siempre supe explicar. Había cansancio, miedo, días en los que todo parecía requerir una fuerza enorme. Había preguntas que no tenían una respuesta rápida. Y, mientras tanto, seguía diciendo:
«Estoy bien».
Con los años he aprendido que la salud mental no funciona como un interruptor. No hay un día en el que una persona está bien y otro en el que deja de estarlo para siempre. Se parece más a un camino: a veces hay claridad, a veces niebla; a veces una avanza con paso firme y otras necesita detenerse, mirar alrededor y aceptar una mano.
Y esa mano puede cambiar muchas cosas.
No porque resuelva la vida de nadie. Sino porque recuerda algo importante: que nadie tiene que resolverla a solas.
Un lugar donde empezar
Yo conocí el cuidado desde mi experiencia como usuaria del Centro de Rehabilitación Laboral (CRL) de Torrejón.
Llegué allí en un momento en el que necesitaba reconstruir varias cosas a la vez. Necesitaba recuperar la confianza, volver a reconocer mis capacidades y entender que mi historia no terminaba en aquello que me estaba ocurriendo.
En ocasiones, cuando hablamos de salud mental, hablamos de diagnósticos, de recursos, de tratamientos, de procesos. Y todo eso es importante. Pero también hay otra parte, más difícil de medir: que alguien te mire y vea en ti algo más que un momento difícil.
Que vea posibilidades.
Que pregunte cómo estás y sepa escuchar una respuesta distinta de «estoy bien».
Allí encontré acompañamiento. No una respuesta inmediata ni una fórmula perfecta, sino algo más valioso: un espacio en el que pude ir recuperando mi propio ritmo. Un lugar donde no hacía falta demostrar que podía con todo para que alguien confiara en mí.
A veces, el cuidado empieza así: cuando otra persona sostiene durante un rato la confianza que una todavía no puede sostener por sí misma.
La oportunidad
Después llegó el Centro de Rehabilitación Psicosocial (CRPS) de San Fernando.
Y allí apareció una oportunidad laboral. Mi primera oportunidad con el Grupo.
Puede parecer una frase sencilla: «mi primera oportunidad laboral». Pero algunas oportunidades no llegan solo como un contrato, una tarea o una incorporación. Llegan como una pregunta que alguien te hace sin decirla en voz alta:
«¿Y si puedes?»
¿Y si puedes trabajar?
¿Y si puedes aprender?
¿Y si puedes aportar?
¿Y si todo lo que has vivido no te ha quitado valor, sino que te ha dado otra forma de mirar?
Esa oportunidad significó mucho más que empezar un trabajo. Fue una forma de volver a entrar en el mundo desde un sitio diferente. Con nervios, sí. Con dudas, también. Pero con acompañamiento.
Porque el trabajo puede ser muchas cosas. Puede ser exigencia, prisa, rutina, responsabilidad. Pero también puede ser pertenencia. Puede ser una forma de recuperar autonomía. Puede ser un lugar donde una persona vuelve a descubrir que tiene algo que decir, algo que hacer, algo que compartir.
Y cuando ese trabajo llega acompañado de comprensión, de respeto por los tiempos y de confianza, deja de ser solo trabajo.
Se convierte también en cuidado.
Otra forma de estar bien
Hoy miro hacia atrás y veo un hilo.
El CRL de Torrejón.
El CRPS de San Fernando.
La primera oportunidad laboral.
El camino hasta aquí.
Durante un tiempo pensé que eran etapas separadas, pero ahora entiendo que estaban conectadas.
Una conversación llevó a otra.
Un apoyo abrió una puerta.
Una oportunidad hizo posible la siguiente.
Y hoy, desde el lugar profesional en el que estoy, siento que formo parte de un proyecto que me cuida especialmente en mi salud mental. No porque los días difíciles desaparezcan. No porque todo sea sencillo. Sino porque siento que mi bienestar importa, y que no tengo que dejar fuera una parte de mí para poder trabajar, aportar y crecer.
Ahora, cuando digo «estoy bien», intento que signifique algo distinto.
No significa que nunca tenga miedo.
No significa que no necesite ayuda.
No significa que todo esté resuelto.
Significa que sé escucharme un poco mejor. Que sé pedir apoyo cuando lo necesito. Que he conocido lugares y personas que me han acompañado cuando no encontraba el camino. Que he aprendido que cuidarse no es detenerse, sino poder avanzar sin dejarse atrás.
«Estoy bien».
Hoy esa frase ya no es una puerta cerrada.
Es una respuesta más honesta.
Una respuesta que incluye todo lo vivido.
Y que también incluye algo esencial:
No llegué hasta aquí sola.



¡Gracias!
Gracias por compartir un testimonio honesto y en primera persona.
Que grande eres Gloria 🙂 Gracias por tu ejemplazo!! Nos da esperanza para poder seguir acompañando…. Gracias por tu sensibilidad