Durante los próximos meses vamos a trabajar desde dos Grupos Focales de Ética guiados por Joan Canimas, los fundamentos de la libertad y la intimidad, dos elementos muy interesantes que tanto juntos como independientes podrían dar lugar a numerosas tesis.

La intimidad está muy presente en la vida cotidiana de las personas. Tan presente que no podemos percibir un “yo” sin el aspecto de la intimidad. Además, con la llegada de las nuevas tecnologías a nuestras vidas, la cuestión de la intimidad se ha visto modificada y reestudiada; y por tanto resignificada.

En el escenario de la intimidad se resuelven dos grandes marcos: presencialidad e información, referida esta última a la confidencialidad. La presencialidad se refiere directamente al cuerpo y a los espacios físicos. En esto último es en donde vamos a hacer una parada.

La intimidad toma una importancia vital en nuestro día a día, de hecho, como nos decía Joan Canimas “la intimidad es un derecho porque es importante”. Y en esta atmósfera es inevitable no ensamblar intimidad con privacidad.

En Grupo 5, gestionamos muchos centros de atención a personas en situación de vulnerabilidad: personas con enfermedad mental, sin hogar, con discapacidad, con daño cerebral e infancia y familia que requieren de una atención diaria y completa ya que muchos residen en los centros y, por tanto, se forman dilemas éticos y morales alrededor de estos temas.

En estos centros nos encontramos con habitaciones compartidas y estados de salud que hacen que la intimidad no solo sea un derecho, sino un dogma.

En el momento en el que la persona usuaria está condicionada por su enfermedad o por su situación, su intimidad (y privacidad) queda muchas veces, y de alguna manera, expuesta a terceros. En la relación de persona que atiende – persona atendida, todas estas dimensiones se encuentran con frecuencia. Y la única validez es que la intimidad no sea intimidada. Que las acciones no acobarden el cuerpo-lugar-confidencialidad de la persona. O por lo menos, lo mínimo posible.

Cosas como entrar a una habitación sin llamar, altera el espacio; una de las bases de la intimidad. Actos como coger a un niño por detrás – aunque sea para darle un beso- altera de la misma forma las dimensiones de la intimidad. Un hecho como cambiar un pañal a alguien dependiente, requiere un cuidado de espacio-lugar-confidencialidad, que no debemos descuidar.

Pero, además, el respeto a la intimidad comparte una delgada línea con la humanización; es decir responder a la dignidad de las personas.  Y en este caso, en la humanización de la asistencia y la atención.

Iniciamos estos grupos promovidos por el Observatorio de ética de Grupo 5, que es el impulso a la calidad asistencial a las personas que atendemos, evaluando e informando de todos aquellos riesgos y situaciones que requieran cambios en nuestra forma de proceder para seguir actuando de manera éticamente correcta. Y lo más humanamente.